Maltratar a los animales es uno de los peores ejemplos de cobardía y violencia que se puede dar a los hijos.

IÇAMI TIBA

¿Conocéis algún niño que, en un momento determinado, no haya querido tener una mascota? Todos los niños desean, en un momento de su infancia, cuidar de un animal. La experiencia puede resultar muy enriquecedora, siempre y cuando se asuma como proyecto familiar (I.Tiba, 2009).

Comprar o adoptar un animal para satisfacer el deso de un niño es mala idea. Es poco probable que, a pesar de las buenas intenciones, sea capaz de asumir la responsabilidad de su cuidado, así que tendremos que ayudarle. Hay que tener en cuenta que, como señala Tiba (2004), en el hogar, “un animal puede ser un factor de estrés, fomentando peleas y discusiones por su cuidado.”


Los animales no son juguetes. No nos podemos desprender de ellos tras el entusiasmo de los primeros días. No solo necesitan alimento y limpieza, también precisan atención y cariño. Por desgracia, en este país, los adultos no damos ejemplo en este sentido. Y lo que nuestros hijos necesitan es, justamente eso, que actuemos como modelos a seguir.

A pesar de los inconvenientes, adoptar una mascota puede resultar una ayuda inestimable a la hora de educar a nuestros hijos. Como indica I. Tiba (2004), al cuidar de un animal, los peques aprenden a ser responsables, a mostrar respeto, a dar y recibir cariño. Cuidar de un animal implica calmarlo, consolarlo, velar por su bienestar, y así se desarrolla la empatía.

En palabras del autor, cuidar de un animal nos da la oportunidad de pensar en los valores que nutren nuestra familia, puesto que nos dan verdaderas lecciones de amor, protección, compañerismo y lealtad. En muchos aspectos, el esfuerzo merece la pena.


Fuente
Içami Tiba (2009): Quien ama, educa. Ed. Aguilar.
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