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Cría cuervos…

Nuestros hijos crecen en el seno de una sociedad cada vez más agresiva. Experimentan la violencia en la escuela, en la calle, en los medios de comunicación, en el juego y, en ocasiones, en el hogar. Cuando en casa se educa a los niños de forma excesivamente permisiva, sin poner límites a su comportamiento, hacen suya esta violencia observada y aprendida, y la ejercen contra sus progenitores. En nuestro país, este tipo de conducta ha aumentado de forma preocupante en los últimos años.

El progenitor agredido acostumbra a ser la madre —o los hermanos—, que acude a la justicia «desbordada, derrotada, con la sensación de haber fracasado como madre y con un gran sufrimiento por tener que denunciar a su hijo.» (Javier Urra, 20004)

¿Por qué se comportan así?

El menor que procede con violencia hacia sus padres y hermanos lo hacen para conseguir el control y el poder sobre la familia (B. Cuenca, 2014). Como indica esta autora, «se ha pasado de una educación autoritaria de respeto, casi miedo al padre, al profesor, al conductor del autobús, al policía, a una falta de límites, donde algunos jóvenes (los menos) quieren imponer su ley de la exigencia, de la brabuconada, de la brutalidad.»

Si no se ponen límites a estas conductas en la infancia, el comportamiento se agravará y el niño malcriado se convertirá en un joven tirano, muy difícil de controlar.

¿Existe un perfil?

Los niños maltratadores suelen ser varones, de entre 12 y 18 años. En muchos casos, se trata de jóvenes que han abandonado los estudios; no acostumbran a realizar actividades educativas ni tienen obligaciones ni grupos de amigos que constituyan una referencia positiva. Les cuesta reflexionar sobre su conducta, poseen escasa capacidad de autocontrol y poca resistencia a la frustración. Llevan una vida desordenada y sin objetivos vitales.

Son niños tiranos, a los que no se han proporcionado pautas educativas coherentes. «Entienden que es obligación de los padres atender sus necesidades y contentar sus caprichos. El no cumplimiento de sus exigencias comporta la agresión.» (J. Urra, 2004)

En ocasiones, puede haber un motivo patológico tras este comportamiento: el consumo de drogas, divorcios conflictivos, haber sufrido maltrato, etc.

Consecuencias

Si no atajamos las conductas violentas de nuestros hijos de raíz, «la tiranía se convertirá en hábito. Las exigencias cada vez mayores obligarán a decir un día NO, pero esta negativa ni será comprendida ni aceptada.»¹ Muchas familias se ven obligadas a recurrir a los servicios sociales, que establecerán las medidas oportunas (internamiento en centros especializados, terapia psicológica, mediación familiar…)

¿Cómo evitarlo?

La mejor terapia es la prevención. Seamos para nuestros hijos modelos de conducta a seguir: rechacemos la violencia verbal, psicológica y física, tan pronto como se manifieste; los niños tienen que comprender que no tiene cabida en nuestro hogar. Es importante que establezcamos límites desde la infancia, que les eduquemos en sus derechos, pero, también, en sus obligaciones.

Desde chiquitines, los niños deben sentir nuestro respeto, nuestro amor y que comprendemos sus sentimientos. Siendo respetados aprendemos a respetar, siendo comprendidos aprendemos a comprender, siendo amados aprendemos a querer. Es importante que nuestros hijos sean capaces de ponerse en la piel del otro y que observen que nosotros actuamos del mismo modo. Como indica Urra (2004), «la empatía es el gran antídoto contra la violencia.»


¹ Hemos cambiado el tiempo verbal de presente a futuro para no incurrir en una inadecuación verbal.
Fuentes
Javier Urra (2004): Escuela práctica para padres: 999 preguntas sobre la educación de tus hijos. Ed. La Esfera de los Libros, Madrid.
Cuenca Alcaine, B. (2014): «El maltrato de hijos menores a sus padres». En Contribuciones a las Ciencias Sociales, www.eumed.net/rev/cccss/28/hijos-padres.html